Carmen Sánchez Herrera
CEO Y SOCIA FUNDADORA DE INTELEMA
Hay líderes que hablan con una seguridad impecable, responden rápido, deciden sin dudar y proyectan una imagen de control absoluto. A simple vista, podrían parecer referentes sólidos. Sin embargo, en algunos casos ocurre justo lo contrario: esa seguridad no nace del criterio, sino de una percepción distorsionada de la propia capacidad. Ahí es donde entra en juego el efecto Dunning-Kruger.
Este sesgo cognitivo describe una paradoja incómoda, pero muy real en la empresa: cuanto menos sabe una persona sobre un tema, más fácil le resulta sobreestimar su nivel de competencia. Y al revés, quienes sí tienen más conocimiento suelen ser más prudentes al valorar lo que saben, porque entienden mejor la complejidad del asunto. El concepto fue formulado por David Dunning y Justin Kruger en 1999, a partir de estudios que mostraron que los participantes con peor rendimiento tendían a sobrevalorar significativamente su desempeño.
En el liderazgo, este fenómeno no es una simple curiosidad psicológica. Puede afectar a la escucha, al feedback, a la toma de decisiones y al clima laboral. Y cuando un cargo directivo confunde confianza con competencia, la organización entera lo nota.
El efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo por el que una persona con bajo nivel de habilidad o conocimiento en un área tiende a sobreestimar su capacidad, precisamente porque no cuenta con las herramientas metacognitivas necesarias para detectar sus propios errores. En el estudio original, los autores explican que esa incompetencia genera una “doble carga”: conduce a cometer fallos y, además, dificulta reconocerlos.
No se trata solo de arrogancia. En muchos casos, el problema es más profundo: la persona no sabe evaluar bien su propio nivel porque le faltan criterios, experiencia y contraste. Dicho de otra manera, no ve sus límites porque aún no tiene el mapa completo.
Por eso este sesgo es tan delicado en contextos profesionales. No siempre aparece como una actitud agresiva o prepotente. A veces se presenta como una falsa sensación de suficiencia: “esto ya lo sé”, “no necesito ayuda”, “no hace falta revisar más”. Y cuando esa actitud se instala en posiciones de responsabilidad, puede bloquear el aprendizaje del equipo. En entornos empresariales, este sesgo afecta especialmente a la evaluación del rendimiento, la toma de decisiones y la estrategia.
Porque el conocimiento real suele traer consigo una consecuencia muy humana: más conciencia de la complejidad. Quien empieza a profundizar en una materia descubre matices, excepciones, riesgos y variables. En cambio, quien apenas roza la superficie suele quedarse con una visión simplificada y, por tanto, exageradamente confiada.
En liderazgo ocurre algo parecido. Un mando poco entrenado puede creer que liderar es “dar instrucciones” o “tener autoridad”. Un líder más maduro entiende que liderar también exige escuchar, sostener conversaciones difíciles, revisar sesgos, gestionar el conflicto y tomar decisiones con humildad. Esta diferencia conecta muy bien con el enfoque de Intelema: liderar no es imponer, sino crear el espacio donde otros pueden crecer, desde la escucha, la presencia y la conciencia relacional.

El efecto dunning-kruger en el trabajo no siempre se detecta a la primera. De hecho, a menudo se confunde con iniciativa, seguridad o carácter. Pero cuando se observa de cerca, deja señales claras.
Uno de los indicadores más visibles es la incapacidad para escuchar de verdad. El líder cree que ya ha entendido el problema antes de que el otro termine de explicarlo. Interrumpe, corrige rápido, invalida matices y responde desde la certeza.
Esto no solo empobrece la calidad de las decisiones. También erosiona la confianza. En Intelema, la escucha y la presencia afectiva se entienden como competencias esenciales: escuchar no para responder más rápido, sino para sostener, comprender y abrir espacio a una conversación más verdadera.
Otra manifestación habitual aparece cuando una persona recibe feedback y lo interpreta como una amenaza, no como una oportunidad de mejora. Reacciona justificándose, cuestiona la legitimidad de quien evalúa o minimiza el problema.
En estos casos, no siempre hay mala intención. A veces hay una autoimagen inflada que no soporta el contraste con la realidad. El resultado es peligroso: se frena el aprendizaje, se cronifican errores y se dificulta la evolución del talento.
Cuando un directivo toma decisiones complejas con información incompleta, sin pedir contraste y sin revisar sus propios sesgos, el coste organizacional puede ser alto. Recursos mal asignados, diagnósticos pobres, conflictos mal gestionados o estrategias impulsivas son algunas consecuencias frecuentes. Distintas fuentes sobre liderazgo y gestión del talento coinciden en que este sesgo afecta directamente a la productividad, el ambiente laboral y la calidad del juicio directivo.
Cuando quien decide no reconoce sus límites, reduce el espacio para la duda sana, el contraste y la revisión. La organización pierde pensamiento crítico y gana rigidez.
Si el error nunca se reconoce, tampoco se convierte en aprendizaje. Se instala una cultura donde tener razón importa más que mejorar.
Los perfiles valiosos suelen detectar antes las decisiones mal fundamentadas. Si además perciben que no se les escucha, se retraen, se frustran o terminan desvinculándose.
El exceso de confianza unido a la baja autoconciencia genera conversaciones tensas, feedback pobre y relaciones menos seguras. Justo lo contrario de una cultura sana.
Un líder no pierde autoridad por reconocer que no sabe algo. La pierde cuando decide como si supiera y los hechos le desmienten una y otra vez.

La solución no pasa por “bajar la autoestima” de nadie, sino por desarrollar autoconciencia, contraste y aprendizaje continuo.
No basta con pedir opinión. Hay que construir contextos donde disentir sea seguro y útil. El feedback debe ser frecuente, concreto y bidireccional. En este punto el coaching es un buen punto de partida.
Las percepciones subjetivas necesitan contraste. Evaluaciones 360, indicadores claros, acompañamiento externo y revisión periódica ayudan a reducir puntos ciegos.
La pregunta clave no es “¿quién tiene razón?”, sino “¿qué información me falta para decidir mejor?”. Esta actitud cambia la calidad del liderazgo.
Aquí Intelema aporta una mirada especialmente valiosa. Reducir sesgos no depende solo de herramientas técnicas, sino también de desarrollar autenticidad emocional, presencia afectiva, relaciones que nutren y una forma de liderar desde el servicio, no desde el ego.
Para perfiles CEO y RRHH, la confianza aumenta cuando el desarrollo directivo se apoya en metodología y evidencias. En el caso de Intelema, el método Zisne ha sido evaluado en un diseño longitudinal experimental y mostró mejoras en variables como bienestar psicológico, inteligencia emocional, engagement y burnout.
El verdadero liderazgo no consiste en parecer infalible. Consiste en tener la madurez de revisar la propia mirada, escuchar sin prisa y decidir con más conciencia que ego.
Por eso, hablar del efecto dunning kruger no es señalar a “los demás”. Es abrir una conversación necesaria sobre cómo lideramos, cómo aprendemos y cómo construimos culturas donde la seguridad no sustituya a la competencia.
Si al leer esto has reconocido señales en tu comité de dirección, en tus mandos intermedios o incluso en tu propia forma de decidir, quizá no necesitas más certezas. Quizá necesitas un mejor espejo.
A veces no hace falta más información, sino una conversación que te ayude a mirar con más verdad tu forma de liderar. Aquí puede ser útil conocer el trabajo de David Navazo, coach de liderazgo.
Carmen Sánchez Herrera
CEO Y SOCIA FUNDADORA DE INTELEMA