¿Cómo desarrollar la inteligencia emocional de los niños?

¿De qué hablamos cuando nos referimos a inteligencia emocional? Aunque su origen se remonta a 1990 en el ámbito científico por los autores Salovey y Mayer, no es hasta 1995 y de la mano de Daniel Goleman que surge el verdadero interés y desarrollo de la Inteligencia Emocional. Es a través de este autor que la sociedad empieza a encajar que el éxito personal y profesional no dependen “sólo” del concepto que tenemos de nuestra inteligencia clásica, sino que va mucho más allá e introduce el amplio campo de las competencias emocionales y sociales.

Y si este referente científico se ha aplicado con excelentes resultados en el mundo de la empresa, su impacto no es menor en el mundo de la educación y en concreto en el desarrollo de la inteligencia emocional en los niños.

 

El desarrollo de la inteligencia emocional en los niños

Sistemas educativos laureados y reconocidos por su consistencia y su madurez como es el caso del finlandés, son la prueba irrefutable de que, en la educación, en la forma en la que enseñamos a los niños, se pueden introducir y desarrollar habilidades, como el control de las emociones, que son de enorme valor para poder encarar y desarrollar con éxito las diferentes etapas y dificultades que la vida adulta seguro nos trae. 

El desarrollo de la inteligencia emocional abarca principalmente:

  •   saber reconocer nuestras emociones, identificarlas y trabajarlas
  •   introducir la gestión de conflictos
  •   desarrollar y poner en valor el pensamiento positivo y su repercusión en nuestros actos

 

Sin necesidad de recurrir al sistema educativo ni a los tan socorridos libros de autoayuda, los padres y educadores empezamos a encontrar en el mercado juegos “de mesa” inspirados en precursores como Maria Montessori que nos ayudan a acompañar el aprendizaje en niños y niñas de manera positiva, afectuosa y respetuosa. 

 

Así podemos desarrollar la inteligencia emocional de los niños

Aunque cada teoría tiene sus particularidades, todas coinciden en que los niños aprenden más y mejor mediante actividades positivas que impliquen emoción y juego. Precisamente, los 4 principios del aprendizaje en positivo descansan sobre las siguientes premisas:

  1. Los niños y niñas aprenden jugando.
  2. Los niños y niñas aprenden haciendo.
  3. Los niños y niñas aprenden a su ritmo.
  4. Los niños y niñas aprenden en libertad.

 

Si hablamos en concreto del reconocimiento de las emociones, estos juegos están pensados para despertar en los niños su deseo natural de conocerse a sí mismos y a las personas de su entorno aprendiendo a diferenciar algo tan básico como la emoción de la alegría y la tristeza por empezar con emociones que les son fácilmente identificables. Pero en general toda la gama de emociones “básicas” como la felicidad, el orgullo, la envidia o la curiosidad pueden trabajarse.

 

La educación emocional en los niños, una potente herramienta

Y es obvio que, si estás leyendo estas líneas, entenderás cómo a través del juego estamos proporcionándoles una “caja de herramientas” de enorme valor para gestionar y gestionarse ante cualquier situación y entorno. Este regalo que les hacemos está directamente relacionado con proporcionales la base de una educación emocional consistente que les ayudará a desarrollar una madurez y una independencia en su vida adulta a través de una mejor y mayor habilidad social para interrelacionarse con personas de todo tipo y condición que, en el futuro, pueden suponer un impulso o un freno en su crecimiento como personas. Si quieres conocer como trabajamos en Intelema el coaching educativo familiar haz clic en este enlace.

George Steiner, filósofo y ensayista, denunció hace unos años que la mala educación amenaza el futuro de los jóvenes afirmando que estamos matando los sueños de nuestros niños. Una reflexión interesante que nos ayuda a centrar el tema.

 

¿En qué nos ayuda la inteligencia emocional? Un ejemplo práctico

 

El hecho de desarrollar la inteligencia emocional no sólo nos ayuda a autorregularnos y gestionar mejor los momentos de mayor dificultad propios o frente a las reacciones de otros, sino que también nos ayuda a aprender a gestionar y relacionar las acciones y las emociones, así como su propia interrelación.

A través de esa combinación de acción y emoción, también se desarrolla paralelamente la capacidad de observación y escucha y la curiosidad en sí misma. El niño aprende a identificar patrones de comportamiento propios y ajenos y a minimizar o contrarrestar las consecuencias negativas de la emoción/acción.

Pongamos un ejemplo, si jugamos con nuestros niños tratando de trabajar la gestión del error (que tanto nos paraliza luego como adultos), les enseñamos a identificar sus emociones cuando se dan cuenta de que “a veces nos equivocamos”. Les enseñamos a aceptar las diferencias de los otros, a querernos tal y como somos, a que somos únicos y diferentes, en definitiva a desarrollar la empatía cuando nos fijamos en el error ajeno y en la autoconfianza, bondad y compasión ante el error propio.

Pero también, si les enseñamos a tomar consciencia en los actos más cotidianos, les podemos ayudar a transitar y a superar emociones que provocan sensaciones “negativas” como el miedo. Un ejercicio puede ser simplemente invitarlos a compartir qué cosas les producen miedo, como por ejemplo la oscuridad.

Ayudarles en esa conversación consigo mismos, sobre cuál es el origen de ese miedo concreto y con qué lo asocian, qué consecuencias tiene para ellos a nivel de reacción y emoción y sobre sus actos -si le paraliza salir al pasillo y llegar al baño o si le provoca insomnio o nerviosismo el hecho de tener que apagar la luz-.

Todos estos actos les ayudan – y nos ayudan también a nosotros – a gestionar mejor nuestras reacciones ante sus limitaciones y las nuestras, tomando conciencia de cómo les estamos acompañando y si estamos contribuyendo de una u otra forma a su desarrollo cognitivo/conceptual, además del emocional.

 

La importancia de ‘tomar consciencia y tomar parte’

Actuando y poniendo perspectiva como parte del sistema, tomamos parte de qué responsabilidad tenemos en esa fracción que ocupamos en ellos, de nuestra influencia y la de nuestros actos, más allá de dejarnos llevar por la creencia de que es la personalidad propia del niño la que le hace reaccionar y gestionar sus emociones de una manera mejor o peor.

Al ayudarles a gestionar su inteligencia emocional estamos de manera más o menos consciente, creando y alimentando ese círculo virtuoso de crecimiento propio que, como adultos, resulta todavía más interesante y productivo.

Porque permea en nosotros, porque modifica nuestro comportamiento a través de la elevación y la toma de consciencia y porque incrementa nuestra responsabilidad en el crecimiento familiar pero sobre todo, en el personal. Y para ello trabajamos cada día en Intelema, para lograr que este desarrollo sea consciente, pleno y real en niños y también en adultos.