Hacemos lo que queremos, queremos lo que hacemos

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“Hacemos lo que queremos, queremos lo que hacemos”. Ese es uno de los grandes principios de Intelema, uno de los valores sobre los que se sostiene nuestro trabajo, uno de los argumentos que intentamos trasladar a nuestros clientes y compartir con los asistentes a nuestras charlas.

Parece una frase hecha, ¿verdad? Nada más lejos de la realidad.  Al final, si nos preguntan por un secreto de la felicidad seguro que todos, de alguna u otra manera, haríamos referencia a esa capacidad: la de hacer lo que queremos y ser conscientes de ello o, al menos, la de saber encontrar el amor en las cosas que hacemos. Y es que se trata de una reflexión que nos sirve para cualquier esfera de nuestras vidas, porque haciendo las cosas que queremos o amando las cosas que hacemos cambiamos totalmente el resultado de cualquier experiencia.

¿Por qué? Muy sencillo. Porque cuando somos capaces de elevar nuestra consciencia y de salirnos de los automatismos del día a día y de la rutina, encontramos el amor en lo que hacemos y el resultado que eso produce en mí, llamémosle felicidad, irradia en los demás. Se produce un contagio emocional cuando uno quiere lo que hace porque la gente se da cuenta cuando alguien hace con amor lo que quiere.

Todos tenemos la posibilidad de hacer lo que queremos o de querer lo que hacemos

Es verdad que no siempre es fácil hacer lo que uno quiere o querer lo que uno hace. A veces se nos olvida hacer las cosas con amor y la rutina nos empuja a hacer las cosas cabreados, desganados, aburridos, con prisa, obligados. Incluso a nosotros, en Intelema, nos pasa a veces. Es normal, somos seres humanos y como tales tenemos capacidades, como poner amor, pero también tenemos debilidades.

A veces estamos más pendientes de la cima de la montaña que del recorrido. Nos obsesionamos con el final, vivimos en el futuro, así que nos olvidamos del presente, con lo cual es imposible que pongamos amor en lo que hacemos. Otras veces vivimos con esa sensación de pasar por la vida como si fuésemos marionetas que no deciden nada. Hablamos de “tengo que” en vez del “quiero hacer”. Esa sensación de no decidir nada, de ser autómatas, nos impide disfrutar de lo que hacemos. Hacemos las cosas con rabia, con odio, con frustración.

“Al final, si nos preguntan por un secreto de la felicidad seguro que todos, de alguna u otra manera, haríamos referencia a esa capacidad: la de hacer lo que queremos y ser conscientes de ello o, al menos, la de saber encontrar el amor en las cosas que hacemos”

Para que eso pase las menos veces posible hay que entrenar nuestra capacidad de amar lo que hacemos. Es normal que al principio nos cueste pararnos y caer en la cuenta de que es mucho mejor hacer algo con alegría que con sufrimiento. Pero poco a poco, gracias a ese entrenamiento, vamos ganando músculo emocional y somos más capaces de pararnos y ser conscientes de lo que nos pasa. Es una cuestión de empeño. Cuanto más lo trabajemos, más fácil nos va a resultar encontrar el amor, incluso en las cosas más tontas o a las que menos importancia damos.

La filósofa española Monica Cavallé dice que “todos estamos llamados a ser artistas de nuestra propia vida. Prueba de ello es que no hay dolor superior al que acompaña a la conciencia de no haber sido, de no haber vivido en toda la hondura de esa palabra, de no haber movilizado nuestras propias y profundas posibilidades”.

Todos tenemos la posibilidad de hacer lo que queremos o de encontrar el amor en aquello que hacemos. Es verdad que nos encontramos muchos casos en que la persona no puede amar lo que hace porque se siente atada, obligada, frustrada. Pero incluso ahí, si nos paramos, si tomamos conciencia, podemos tomar decisiones, intentar dar lo mejor en lo que hacemos, encontrar el amor en ello. Por difícil que sea, se puede. Sí, se puede.

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