Cualquiera no puede ser coach o corremos el riesgo de desprestigiar a la profesión

El coaching está de moda. No en vano, según datos de la International Coaching Federation recogidos por el Observatorio de Recursos Humanos, en España se ha producido un aumento del 30% en la demanda de servicios de coaching en las empresas. El éxito viene avalado por los resultados: según estadísticas de la propia organización internacional, el coaching profesional aumenta un 70% la productividad de las empresas, lo que implica que la inversión en coaching es pura rentabilidad para éstas.

El auge del coaching se ve también en el interés por la formación en la disciplina. Según datos de Deusto Salud recogidos también por la web especializada en Recurso Humanos, desde que se puso en marcha el Curso Superior de Coaching Personal, acreditado por la Universidad Internacional de Valencia (VIU) con 8 créditos ECTS, se han matriculado cerca de 400 alumnos. Pero hay cursos de coaching en cualquier institución. Y todos tienen un gran poder de atracción reflejado en el alto número de matriculaciones.

Todo esto, que suena positivo para el coaching, tiene su lado oscuro, porque como en todo, la masificación, la generalización sin unas bases sólidas, y el hecho de cualquiera se considere coach puede conllevar un desprestigio para la profesión y para los verdaderos coachs con años de formación y de ejercicio a sus espaldas.

No, cualquiera no puede ser coach

Así lo advierte Carmen Sánchez, CEO de Intelema: “No es lo mismo un curso que un proceso de aprendizaje sobre uno mismo, ya que estos cursos sirven para entender ciertos conceptos, pero no para aprehenderlos. No es lo mismo, por ejemplo, conocer que es la escucha activa que aprender a usarla a través de la experiencia. No es lo mismo entender que es un juicio de valor o una interpretación, que saber hacerlos. No es lo mismo un curso por muy práctico que sea donde se aprenden conceptos en el marco intelectual (acumular información), que descubrir usar el concepto a través de la experiencia. Y no es lo mismo aprender que enseñar a otros”.

En ese sentido, la experta en coaching recuerda que en Intelema se es muy riguroso en el uso de esta actividad y no vale cualquiera para ejercerla. “Para poder ser coach hay que tener unas cualidades y después entrenarlas durante al menos tres años con seguimiento de manos de un experto. Se requiere un plan de madurez”, destaca.

“Para poder ser coach hay que tener unas cualidades y después entrenarlas durante al menos tres años con seguimiento de manos de un experto. Se requiere un plan de madurez”

Al respecto, Sánchez lamenta que, ante la “moda” del coaching, muchas personas confundan su amor por evolucionar personalmente con el hecho de querer dedicarse a ello. “Cuando un ser humano evoluciona y experimenta en su piel esa evolución se genera una confusión. Son muchas las personas que al experimentar esa sensación creen que pueden dedicarse a ejercer esta profesión, pero son solo algunos los que la pueden comenzar a ejercer y hay que contrastar a través de la experiencia y de un seguimiento riguroso quién sí y quién no”, reflexiona.

Al final, como ocurre con todas las profesiones del mundo, recibir un título no implica que el receptor del mismo esté preparado para ejercer. Pero como también sucede en otras profesiones, sobre todo las que se ponen de moda y tienen un perfil de prestigio, cualquiera se pone a ejercerla, “con la consiguiente frustración y desprestigio para la profesión”: “Hay licenciados en derecho, en económicas, ingenieros, o periodistas que tienen el título de coach pero en realidad lo que hacen es dar conferencias, publicar libros o hacer cursos. Y eso no es ejercer como coach o hacer coaching”.

Qué es realmente el coaching

El coaching inició su andadura en España en los años 90 y en Intelema fueron pioneras en la Comunidad Valenciana en el uso de las herramientas de inteligencia emocional y el coaching desde su fundación en 1997.

Para la CEO de Intelema un coach “es un experto en saber detectar el potencial del individuo y en enseñarle a usar ese potencial, tenga la profesión que tenga el individuo y se dedique a lo que se dedique”, porque como añade la experta, cuando un individuo trabaja su potencial “es libre y feliz y de individuos felices nacen sociedades felices”.

Para ello, continúa Carmen Sánchez, el coach es capaz de crear escenarios junto a la persona para que ésta pueda hacerlos realidad y, a través de esa experiencia, compruebe que lo que le parecía imposible, es posible: “Así las personas aprenden y descubren características y capacidades de sí mismos que estaban ocultas, dormidas, y que poco a poco, paso a paso, van saliendo a la luz a través de la experiencia y acaban transformadas en habilidades”.

“Hay licenciados en derecho, en económicas, ingenieros, o periodistas que tienen el título de coach pero en realidad lo que hacen es dar conferencias, publicar libros o hacer cursos. Y eso no es ejercer como coach o hacer coaching”

Para esa creación de escenarios hace falta una de las principales características que según Sánchez debe tener un verdadero coach: saber escuchar. Una escucha activa para crear un clima de confianza que facilite que la persona pueda expresarse libremente. A esta característica, la experta añade otras, como el hecho de ser un profesional “que sigue un continúo proceso de aprendizaje sobre sí mismo” y la orientación de servicio: “el coach ha de ser amable, demostrar que la persona que atiende es muy importante para él, y hacerle notar sus avances sin juzgar, ni interpretar, sabiendo manejar la mente racional y la emocional”.

Recuerda la Sánchez que el coaching se empezó a utilizar para el desarrollo de habilidades sociales, para saber gestionar equipos, algo que empezó a cambiar la prioridad del uso del coeficiente intelectual por el uso de la inteligencia emocional. “A fecha de hoy es imprescindible para las personas y para las organizaciones favorecer la madurez de cada individuo, sobre todo si queremos tener un planeta limpio y una economía sostenible-equilibrada y líderes mundiales que se conecten a su vulnerabilidad”, concluye.

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